Unos dos siglos antes del nacimiento de Cristo, Italia era la primera región productora de vino del mundo. Enormes superficies de campo estaban plantadas con vides.
Era tal el desarrollo que algunos productores distribuían su propio vino. Grababan su sello personal en las ánforas en las que los transportaba: hay testimonios arqueológicos en vasijas encontradas en excavaciones realizadas en distintos puntos de Europa.
Por ese entonces, las clases sociales estaban muy marcadas y el vino que bebían marcaba el nivel social al que pertenecían.

Por ese entonces, el mejor vino era el falerno, de la región de Campania, del suroeste de Italia. Beberlo era sinónimo de lujo.
El vino tenía que elaborarse con vides cultivadas en zonas específicas de las laderas del monte Falerno, situado al sur de Nápoles.

El mejor falerno era un vino blanco, añejado por lo menos por 10 años, lo que le aportaba un color dorado. Su exclusividad en las uvas y el tiempo de añejamiento lo hacían un vino extremadamente caro.

La cosecha más famosa de falerno fue la del año 121 antes de Cristo. Lo bebió Julio César en el siglo I a.C. y al emperador Calígula también lo pudo probar. El poeta romano Marcial definió este vino como "inmortal".