Es un tema demasiado delicado para andar calificándolo más de lo debido o ponerle sobrenombres a una situación indeseada para cualquier persona: y el caso de la Reina Letizia, no es ajeno.
Ya pasaron diez años de un evento difícil de recordar para la Reina Letizia: la boda de Victoria de Suecia y Daniel Westling: se trató de una fiesta inolvidable para los presentes de todas las casas reales del mundo reunidos en la catedral de Estocolmo.

Como no podía ser de otra manera, la Reina Letizia y el Rey Felipe fueron uno de los invitados principales a la boda, pero el recuerdo de la fiesta dejó un gusto ingrato en la consorte.
Fue especial la cita: todos los miembros de la entonces familia real española dieron el presente junto al Rey Felipe y la Reina Letizia, a excepción de don Juan Carlos, ajeno a este tipo de eventos.

Pero el Rey Felipe y la Reina Letizia no quisieron perderse las nupcias de la heredera sueca: hasta la reina Sofía brilló como en las viejas épocas con un vestido de Valentino.
Las infantas Elena y Cristina, la primera con un vestido capote de Caprile y la segunda acompañada por Iñaki Urdangarin por última vez, quienes luego del escándalo de Nóos, tampoco se quedaron atrás. Pero todas las miradas fueron para la Reina Letizia.

Y fueron miradas cargadas de envidia y malicia, de burlas y comentarios despreciables: la Reina Letizia no salió muy bien parada, ni en España ni el resto de Europa. El vestido de Felipe Varela en muselina, bordado con pétalos de geranios, rosas y miniclaveles en tul, no convenció a muchos.
Pero el problema de fondo remarcado por todos los especialistas en realeza estaba, quizás, en el color del diseño, que apagaba por completo a la Reina Letizia y acentuaba su delgadez generando la alarma por su comportamiento alimenticio y titulares irrespetuosos como "La Princesa Cerilla". Un dolor que ha sanado con el tiempo, pero vaya que ha dolido en su momento.