Obstinado, el presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, obligará a su ministro de Salud interino, Eduardo Pazuello, a que presente un protocolo de utilización de la cloroquina como tratamiento contra el coronavirus.
La decisión del Presidente se contrapone con los informes del Consejo Federal de Medicina que concluyó que “no hay evidencias sólidas” de que la cloroquina “tenga un efecto confirmado en la prevención y el tratamiento” del coronavirus.
La defensa férrea de Bolsonaro hacia esa medicación hizo que incluso su último ministro de Salud, Nelson Teich, que duró menos de un mes en el cargo, decidiera dar un paso al costado por estar en desacuerdo con el tratamiento.
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De hecho, el funcionario de Bolsonaro cuando arrancó la pandemia, Luiz Henrique Mandetta, se fue del cargo tras las grandes rispideces que mantuvo con el mandatario por la forma de manejar la pandemia.
Mendetta dio una entrevista para Folha de Sao Paulo y alertó sobre los efectos secundarios de la cloroquina y que uno de cada tres pacientes tuvo que suspender el tratamiento “porque provocó arritmias que podrían llevar a una parada respiratoria”.
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“Puede que sea un placebo, que no sirvió de nada, pero también puede que dentro de dos años digan que realmente funcionó”, afirmó públicamente el jefe de Estado brasilero, como si se tratara de una cuestión de creencia. “Quien fuera de derechas, toma cloroquina; quien es de izquierdas, toma Tubaína”, chicaneó en referencia a una gaseosa.
Brasil es el tercer país con mayor cantidad de infectados de todo el mundo: se reportaron 271.885 infectados y 17.983 personas perdieron la vida.