Minuto Neuquen

MITOLOGÍA EN ALPARGATAS

Minos, el verdadero monstruo del palacio

Poder, zoofilia y grandes inventos en la antigua Grecia. Por el mismo precio, apuntes pal presente.

Jorge Gorostiza
Jorge Gorostiza
Minotauro, razón de ser del laberinto. Fuente: (Facebook)
Minotauro, razón de ser del laberinto. Fuente: (Facebook)

Zeus y Europa tuvieron tres hijos varones: Minos, Radamantis y Sarpedón, nombres feos si los hay. Cuando los tres hermanos llegaron a la edad viril se pelearon a causa de un mismo amor: un bello muchachito llamado Mileto (por favor, abstenerse de rimas chuscas). Mileto decidió que, de los tres pretendientes, el que más le gustaba era Sarpedón. Radamantis se lo tomó con soda, pero, el otro hermano, Minos se puso cabrero y rajó al bello jovencito de la isla de Creta, que era donde los tres herederos de Zeus vivían. Mileto se fue tan lejos como pudo y, en Asia Menor, fundó el reino que supo llevar su nombre —que tal vez recuerden de refilón por el teorema de Tales (de Mileto)—. Como sea, tenga presente estas cuestiones ahora que llegan las fiestas y usted debe encontrarse con su cuñada, la que come con la boca abierta, sus sobrinos que gritan cual marranos o su primo que le debe 300 lucas: su familia no deja de ser una joyita... comparada con otras.

Bien, cuando el trono de Creta quedó vacante, Minos exigió para sí mismo todo el poder, no solamente la tercera parte que le correspondía, y, como prueba de su derecho al trono, se mandó la parte diciendo que tenía banca en el Olimpo y los dioses le brindarían cualquier cosa que él pidiese. Para demostrar que no hablaba al cuete, solicitó a Poseidón, el dios del mar, que le enviase un toro, comprometiéndose a sacrificar al animal en honor a la divinidad como muestra de gratitud. Poseidón cumplió su parte y, de inmediato, hizo salir de las aguas un magnífico toro blanco. Pero Minos, en vez de dar muerte a aquel magnífico especimen, lo destinó a mejorar sus rebaños y, en su reemplazo, sacrificó un animal cualunque. Todos los cretenses aceptaron a Minos como soberano; todos menos su hermano, Sarpedón, en parte porque extrañaba al joven Mileto (no hagan rimas) y en parte porque él mismo aspiraba a gobernar su tercio de la isla. Minos no solo no le dio pelota, sino que también a él lo desterró.

No puedo creer que llego este dia para mi, el sueño de mi vida hecho realidad. Feliz dia para todas las mamis que lo dan todo y más

Minos, rey de Creta.
Fuente: (Promptuarii Iconum Insigniorum)

Al tiempo, Minos desposó a Pasífae, hija de Helio (el Sol). Como el Sol, Pasífae era caliente y deslumbrante, imagínense la felicidad del rey. Mas Poseidón se la tenía jurada a Minos por la tramoya del sacrificio, de modo que decidió vengarse por partida doble: por un lado hizo volver loco al toro, y este empezó a romper todo en la isla; por otra parte, hizo volver loca a Pasífae por el toro, de modo que esta quería que el toro la rompiese a ella. De boca en boca, el relato —una escena dantesca diría Crónica TV— ha llegado hasta nosotros gracias a la buena memoria de generaciones cretenses: un furibundo toro destruyendo todo a su paso y una reina en llamas corriendo detrás de la bestia. (Tomen nota aquellas féminas que se enamoran de seres destructivos: nada nuevo bajo el sol). Bueno, el toro no se dejaba alcanzar por Pasífae y, cuando al fin, polvorienta, transpirada y exhausta la reina podía tocarlo, por más caritas, contoneos e insinuaciones que le prodigase ella, el bicho seguía como si nada.

Para suerte de su majestad, vivía en Creta el más célebre inventor de su tiempo, la personificación misma del ingenio ateniense, el polímata por excelencia, el que todo lo sabía y todo lo hacía bien: el gran Dédalo. Acudió Pasífae al profesional, le confió sus ansias porque la vacunase el vacuno y este, el inventor, prometió ayudarla. A tal fin, construyo Dédalo en madera una vaca hueca, la recubrió luego con cuero, dotó al prototipo de unas ruedas en las pezuñas y trasladó el invento a la pradera favorita del toro. Luego, le enseñó a Pasífae cómo tenía que abrir las puertas secretas (de la vaca) para introducirse dentro de ella (de la vaca). Cuando el toro divisó la maqueta, se le fue al humo e introdujo sus partes dentro de ella (de la reina). La unión se consumó felizmente para el toro y la reina, pero no así para el rey Minos, pues el producto de aquel coito fue el Minotauro, un ser con cabeza de toro y cuerpo humano, así que no había que ser un premio Nobel para darse cuenta quién era el verdadero padre de la criatura.

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Pasífae y el toro. 
Fuente: (SRA)

Para suerte de su majestad, vivía en Creta el más célebre inventor de su tiempo, la personificación misma etcétera, etcétera, y entonces le contó Minos a Dédalo su vergüenza y este le prometió su ayuda. La misma fue muy concreta porque la mente maestra construyó para su rey un fabuloso palacio, tan inmenso como intrincado. Aquel lugar se llamó Laberinto y en la más recóndita de sus recámaras pasó Minos el resto de sus días, junto a su esposa, Pasífae y al hijo de ella, Minotauro, criaturita de dios. El tiempo fue pasando y el bicho creció y creció y creció y se volvió chúcaro, cual su padre biológico. Para calmar al Minotauro, cada cuatro años, 7 jóvenes y 7 doncellas atenienses eran entregados a él “como pasto”. El 7 es un número cabalístico. Así como el 6 refiere a la imperfección (el 666 ya sabemos qué significado adquiere), el 7 simboliza lo completo (dios descansó el día séptimo), lo superior (el séptimo cielo), lo sagrado (las 7 columnas de la sabiduría). El envío “como pasto” para el Minotauro, de aquellos 7 jóvenes y 7 doncellas atenienses, representaba el sacrificio de lo mejor de una sociedad, en el altar de lo monstruoso. Por su parte, el laberinto funcionaba, si bien se mira como último refugio, ciertamente, como una cárcel también del gobernante tramposo.

La política tiene una dimensión constructiva, de arquitectura. Su buen ejercicio eleva económica, cultural e institucional a una sociedad. Los líderes que se destacan en esta materia, quienes son capaces de diseñar y sostener un Estado son, ni más ni menos, estadistas. Pero la política es también, y necesariamente, lucha, enfrentamiento y disputa, el imponerse al otro. Esa es su otra dimensión, la agonal. La política sin antagonismo, el “vamos todos juntos con un mismo objetivo” es chamuyo o auto ayuda, pero no política verdadera. Sin embargo, quienes se agotan en el enfrentamiento, quienes no tienen nada más que ofrecer que disputas, quienes se jactan de humillar al otro, podrán ser tal vez excelentes punteros, pero nunca serán estadistas. Pareciera hoy que nuestro país tiene demasiados punteros y ningún estadista. ¿Qué construcción cabe esperar de quien levanta una motosierra como emblema?

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El sadismo al poder. 
Fuente: (Tomás Müller)

Aquí, como en Creta, el monstruo está dentro del palacio y su sed de sangre puede que, una vez más, sacrifique lo mejor de una generación. Sea como sea, el laberinto del poder, su refugio, más temprano que tarde será también su vergüenza. Mientras tanto, si como el toro de Creta tiene usted ganas de romper todo, conténtese con escuchar "El Toro", chamamé de Carlos Castellán en versión de Raúl Barboza