Bajo, no me acuerdo de qué colectivo. Corrientes está cerrada desde Callao. En cada esquina, piquetes. Casi todos los comercios con las persianas bajas. Cruzando 9 de julio, por Diagonal Norte, la ciudad es ya fantasmal. Bancos y comercios destruidos, humeantes. Alarmas y sirenas, aquí y allá. Barricadas. Ambulancias, autobombas, patrulleros, celulares. Algún auto incendiado, también. De tanto en tanto, gritos y corridas. De pronto, un ruido que viene del humo. Sobre el asfalto un tlac tlac de herraduras. Es la policía montada que avanza al galope. Detrás, como escapando de la plaza, vienen unos periodistas. No sé por qué se me ocurre que son extranjeros. Las máscaras antigas les cubren todo el rostro y hay algo de apocalíptico en la imagen. Detrás aparecen unos tipos con armas largas. Algunos llevan chalecos con la sigla PFA escrita en amarillo. Parece que, en medio del quilombo, los canas se gasean entre ellos y hay un desbande generalizado. Gobierna Fernando de la Rúa.
Un par de pibes mojan unos trapos para zafar un poco de los gases. Hago lo mismo. Ahora, soy invisible. Paso por los retenes sin que nadie se fije en mí. Llego a la plaza. Hay más policías que manifestantes. Una de las viejas palmeras está calcinada. Al fondo la enorme bandera de la casa de gobierno se recorta en el cielo. Abajo, argentinos matan a otros argentinos. En un banco, un viejito le sigue dando de comer a las palomas. El piso está cubierto de cartuchos y pedazos de baldosas. Hay disparos. Un vallado de dos metros de altura cruza la plaza de un extremo a otro protegiendo la casa rosada. A la izquierda, una de las vallas se corre para que pasen unos bichos gordos, de bigotes. Comisarios o algo así. Me acerco tan rápido como es posible, pero sin correr, para no llamar la atención. Y cruzo. Estoy en la explanada de la casa rosada. Más allá, el Bajo parece indiferente a todo: pasan colectivos, camiones, autos y taxis. Pero hay también manifestantes. La policía les dispara sin que el tránsito se detenga. Solo vuelan algunas piedras y de pronto estamos en medio de una nube de gases.

Peronista, Delarruista, Macrista, Mileísta: Patricia Bullrrich. Fuente: (Museo del Horror)
Los milicos rajan hacia un estacionamiento subterráneo. No quiero correr, no, me parece que si corro despierto sospechas, pero el aire es irrespirable así que me mando con los canas y que sea lo que dios quiera. Hay una sola canilla. Todos alrededor para mojarse. Parece el final de un partidito de fútbol. Nada más que estos tipos no vienen de jugar, están todos armados. Cuando salgo otra vez a la calle, tres canas le están dando una paliza a un flaco de pelo largo y campera de cuero. Lo tienen esposado a un celular y le pegan en la espalda. El flaco no grita. A 30 metros hay un móvil de canal 7, en una de esas, si lo ven las cámaras, el flaco zafa. Pero el móvil está vacío. Parece que el gas espantó a todos. Un policía de civil, carita angelical, se acerca corriendo al comisario a cargo del operativo y le informa que no hay más municiones. “¡¡¡¿Qué?!!! ¿¿¿Se bajaron las cinco mil?!!!" pregunta el jefe, que no puede creer la pasión tiroteadora de sus subordinados.
Entonces aparecen las motos. Son cuarenta. Forman como un cuadrado que ocupa la calle de cordón a cordón. Cinco por Ocho. Cinco hileras compactas de ocho motos. Detrás de cada chofer va otro tipo, con una escopeta. Todos con cascos robocop, chalecos antibalas y botas de cuero hasta la rodilla. Meten miedo. Y ruido. Están bajo la explanada acelerando a fondo en punto muerto. El mensaje es claro: O se corren, o los pasamos por arriba. Mucha gente escapa. Mucha se queda. Las motos arrancan pero están demasiado cerca, no alcanzan a tomar velocidad y dan tiempo a que todos corran hacia las veredas. Cuando pasan, los pibes los bañan a gargajos.

"¿Cuánto tiempo más llevará?", Charly dixit.
Mientras tanto, dentro de la Rosada se sabe que todo está terminado. De la Rúa ya firmó su renuncia y sólo resta saber por qué puerta ha de escaparse. O si trepará a un helicóptero. Los funcionarios empiezan a vaciar sus escritorios. Se llevan lo que pueden en grandes bolsas de residuos o en cajas de cartón. El barco se hunde. Pero la policía no afloja. Ya tienen balas, otra vez. Las bajan del baúl de un auto y las reparten en bolsitas de supermercado. La gente levanta los brazos: "No tiren, loco, no tiren". Un hombre recibe un disparo en el pecho y queda tendido en el piso, apenas a 50 metros de la casa de gobierno. Cuatro policías corren hacia él y se lo llevan de los pelos y los tobillos. Por el Bajo viene subiendo un clamor. Un Scania amarillo y enorme llega desde el norte desbordante de jóvenes. Y desde el sur, por paseo Colón llegan unos 30 motoqueros, de esos que reparten sobres de una oficina a otra. Hay motos grandes y chicas, algunos scooters también, y hasta un pibe en bici. Bajo la explanada se ponen a dar vueltas en círculo. Una contracara demasiado obvia al cuadrado de las motos policiales.
En eso, un par de putas se asoman a una ventana, y empiezan a saludar. El tiempo se para. Las chicas parecen buscar a sus hijos entre la multitud. Tanto hijo'eputa gritado a los cuatro vientos las ha preocupado. Pero qué culpa tienen ellas o sus vástagos, pienso. Ya es hora de ir buscando insultos nuevos... Entonces, una mujer de unos cincuenta empieza a dar gracias a dios a voz en cuello: «¡Renunció, ya está, renunció, aleluya, renunció!». Adiós de la Rúa. Como marionetas los policías que están bajo la explanada giran su cabeza hacia la casa rosada. ¿Ahora qué? No es por miedo sino por vergüenza que retroceden. Los comisarios los palmean en la espalda. «Bien, Juárez, bien». Otra vez pienso en el fútbol. Pero no. Hay cinco muertos. Cinco. Los canas, sudorosos, bajan la cabeza y se miran los pies y las manos, como buscando una respuesta. «Cinco a cero, loco. Íbamos cinco a cero. Y al final perdimos. No se puede creer.» Son casi las siete de la tarde, en medio del círculo motoquero, un pibe agita una bandera que alguna vez fue celeste y blanca. Una vez más me puteo por no haber traído una cámara. Voy a tener que escribirlo, pienso. Y empiezo a volver.