Sobre las virtudes del romero podría escribirse un libro entero, dicen los estudiosos de las plantas y sus propiedades.
Según un posteo del Jardín Botánico porteño Carlos Thays antes se creía que quería decir “rocío del mar” del latín, ros (rocío) y marinus (mar). Ahora se considera que viene del griego, rhos (arbusto) y myrinos (aromático).

Para tenerlo en casa, el romero debe estar a pleno sol y en suelos que nunca estén mojados. Es una planta que se adapta muy bien a la formación de cercos en huertas, porque atraen a los insectos benéficos.
Los griegos quemaban romero en sus templos como ofrenda a sus dioses y los estudiantes armaban coronas con sus ramas para usar antes de dar algún examen; era para conservar la memoria.

También los romanos ofrecían ofrendas de romero a sus dioses y hacían “sahumerios” para purificar el hogar. En definitiva, en la antigüedad, todas las civilizaciones, desde los egipcios, griegos y romanos incluyeron al romero en múltiples usos: perfumar, curar o aliviar heridas superficiales.
El romero es considerado como el “ginseng español”, por las innumerables bondades. Y hasta incluso aparece en El Quijote.

“Levántate, Sancho, si puedes y llama al alcalde desta fortaleza y procura que se me dé un poco de aceite, vino, sal y romero para hacer el salutífero bálsamo”.
Y es muy usado en el cancionero y refranero español, también por todos los beneficios que consideran otorga. “Romero, flor de romero, haz que salga de la casa lo malo y entre lo bueno” dice un refrán.