En los días más crudos del invierno, un sonido familiar empieza a colarse entre el viento helado, el chillido de cientos de aves que sobrevuelan techos, cruzan rutas y llenan de movimiento los cables del tendido eléctrico. Se trata de una escena ya habitual en muchas ciudades de la región patagónica, donde ciertos ejemplares aprovechan las temperaturas más benignas de la zona para escapar del frío extremo que domina las alturas. No es raro que, en medio del bullicio cotidiano, aparezcan bandadas que transforman la rutina con sus vuelos sorpresivos.
Aunque muchas veces se los menciona bajo un mismo nombre, lo cierto es que no todos los especímenes que llegan en esta época son iguales. Por un lado, están las cachañas, también llamadas cotorras verdes. Son pequeñas, rápidas y vienen de los bosques del sur. Por otro, los loros barranqueros, más grandes, con tonos tierra y un vuelo menos ágil. Ambas especies se desplazan en grupo cuando el alimento empieza a escasear y las temperaturas bajan. Al aterrizar en las ciudades, estas aves encuentran semillas, restos de frutas y un poco de resguardo, lo suficiente para atravesar los días más difíciles del año.

Es habitual ver a los loros en los paisajes del sur.
Con los años, su llegada se convirtió en una especie de aviso no oficial, ya que, para muchos, la aparición de estos animalitos alados anuncia un cambio abrupto en el clima. Por eso, no llama la atención que, cuando empieza a circular el viejo dicho “ya bajaron los loros”, más de uno mire al cielo con la expectativa de ver caer nieve. Aunque no es una regla fija, hay coincidencias que alimentan la creencia. Los especialistas aclaran que este comportamiento tiene que ver con señales naturales que detectan antes que nosotros. De todos modos, la migración no siempre es igual, debido a que cada temporada trae sus propias condiciones y el comportamiento de estas aves se adapta con inteligencia al entorno, a los factores climáticos y a la disponibilidad de alimento, que pueden variar de un año a otro.

La cotorra verde resiste todo tipo de climas.
Curiosidades de la cotorra verde y el loro barranquero
En el sur argentino, el loro barranquero o loro tricahue (Cyanoliseus patagonus) se hace notar. Es fácil de reconocer por su plumaje verde oliváceo, el pecho amarillo y una mancha roja en la panza. Vive en la Patagonia y en zonas de la cordillera andina, donde suele formar bandadas ruidosas que anidan en barrancos o acantilados. Ahí excavan túneles para resguardarse y criar a sus pichones. Son aves fieles, eligen una pareja y se quedan con ella de por vida. En libertad pueden alcanzar los 30 años, y durante el invierno es común verlas acercarse a zonas más urbanas en busca de comida. Su alimentación se basa sobre todo en semillas y frutas.

En el sur del país está la mayor colonia de loros barranqueros.
Por otro lado, la cotorra verde (Myiopsitta monachus), también conocida como cotorra argentina, es una maestra de la adaptación. Aunque es originaria del sur de América del Sur (especialmente de Argentina, Uruguay, Paraguay, Brasil y Bolivia), hoy se la puede ver en plazas de ciudades europeas, en Estados Unidos y hasta en climas más fríos como los de Londres o más calurosos como los de Medio Oriente. Gran parte de esa expansión se dio por su popularidad como ave de compañía, por lo que muchos ejemplares terminaron sueltos y, con el tiempo, lograron formar poblaciones estables.

En algunos lugares a la cotorra argentina se la considera como invasiva.
A diferencia de otros loros, estas cotorras construyen grandes nidos comunitarios con ramas y palitos, donde cada pareja tiene su propio espacio. Son sociables, muy ruidosas y tienen fama de inteligentes. Eligen pareja para toda la vida, se acicalan entre ellas y suelen moverse en grupos organizados. Su dieta incluye semillas, frutas, flores y brotes, aunque también pueden llegar a comer insectos o restos de comida de origen humano. Además, al ser grandes consumidoras de semillas, cumplen un rol importante en la regeneración de la vegetación.