En pleno invierno, cuando la mayoría de las especies entra en reposo y el jardín parece apagado, hay una planta que sorprende con su vitalidad y elegancia. Se trata de la Camellia japónica, un arbusto ornamental originario de Asia oriental que florece justo cuando menos se espera. Sus flores, grandes y vistosas, aparecen desde finales del invierno hasta principios de la primavera, y pueden ser blancas, rosadas, rojas o bicolores, tanto simples como dobles. Este ejemplar perenne, que forma parte de la familia de las teáceas, no solo aporta color en los meses más fríos, sino que también mantiene su follaje verde brillante todo el año.
Esta especie floral es muy apreciada en jardines por su resistencia y bajo mantenimiento. Aunque tolera bien el frío, conviene protegerla cuando las temperaturas bajan de los 5 o 6 grados bajo cero. Se adapta tanto al suelo como a grandes macetas, y puede crecer como un arbusto compacto o alcanzar el porte de un pequeño árbol, que llega hasta los seis metros de altura. Las hojas de esta planta son gruesas, de un verde intenso, con bordes levemente dentados y un acabado reluciente que la vuelve atractiva incluso fuera de su época de floración. Además, existe una enorme variedad de cultivares, con más de tres mil tipos registrados.

Podés disfrutar de estas flores en los días más fríos del año.
Durante sus primeros años, este ejemplar ornamental suele formar una gran cantidad de pimpollos, más de los que puede sostener. Por eso, es recomendable quitar aquellos que estén mal ubicados o en exceso, para que los restantes puedan desarrollarse bien y abrirse sin inconvenientes. De lo contrario, la planta podría terminar sin flores visibles. La Camellia japónica es ideal para armar cercos vivos, como punto focal en jardines o incluso como flor de corte, ya que mantiene una excelente presencia en ramos. Su belleza, rusticidad y capacidad de florecer en pleno frío la convierten en una de las joyas del mundo vegetal.

Con la poda podés darle la altura deseada.
Cuidados de la Camelia japónica
Luz: la Camellia japónica prefiere estar en lugares con buena luz pero sin exposición directa al sol intenso. En regiones donde los veranos son calurosos, lo ideal es ubicarla a media sombra o en un espacio con luz filtrada durante las horas más fuertes del día. Si se la expone al sol directo, es fundamental mantener una buena humedad ambiental y rociar sus hojas con frecuencia para evitar que se tornen pardas.
Ubicación: es importante protegerla de los vientos fríos y las heladas fuertes, ya que pueden dañar los capullos. Una buena opción es plantarla cerca de una pared o en un rincón resguardado del jardín. Este arbusto aprecia los ambientes húmedos, por lo que conviene evitar los sitios secos.
Temperatura: esta especie se adapta muy bien a climas frescos y húmedos. Tolera bien las bajas temperaturas del invierno, pero en caso de heladas intensas conviene cubrirla o trasladarla a un lugar más protegido.
Riego: debe ser moderado durante el año y aumentar la frecuencia en verano, sin llegar a encharcar el suelo. Se recomienda utilizar agua sin cal, como la de lluvia o agua embotellada, para evitar alterar el pH del sustrato. La camelia necesita suelos ácidos, con un pH entre 5.5 y 6.5.

Es una planta que con sus flores llena de alegría y color el jardín.
Sustrato: lo mejor es usar un sustrato específico para plantas acidófilas o una mezcla de sustrato universal con turba rubia. Nunca debe plantarse en suelos calcáreos, ya que no los tolera bien. Además, es clave que el terreno tenga un buen drenaje.
Fertilización: el abonado debe hacerse con precaución y solo en el momento adecuado. Se recomienda fertilizar después de la floración, cuando ya se empiezan a formar las nuevas yemas en los extremos de las ramas. Es preferible usar fertilizantes especiales para plantas acidófilas, como camelias, hortensias o gardenias. Los quelatos de hierro o el sulfato de hierro ayudan a mantener la salud de la planta y su color intenso. Aplicá dosis moderadas en primavera o verano; hacerlo fuera de temporada o en exceso puede afectar su desarrollo.
Poda: se realiza también después de la floración. Hay que eliminar ramas secas, dañadas o desordenadas, pero sin excederse, ya que las yemas florales se forman en los extremos y una poda agresiva podría afectar la floración del año siguiente.