No me gustan las fiestas, no hay caso. Mucho acelere, mucho bochinche, petardos, consumismo y excesos de todo tipo… Anoche, sin ir más lejos, mis vecinos, Petro y Lera, estuvieron de farra hasta cualquier hora: música a todo trapo, carcajadas desaforadas, brindis, fuegos artificiales, los perros del barrio como locos, en fin, una festichola de aquellas. Entrada la madrugada, clareando ya, de golpe, como de la nada, silencio. Silencio con mayúsculas. Tanto que me parece escuchar grillos y ranas a lo lejos, pero como estoy todavía aturdido por el despelote de la noche que acaba de terminar, no sé, no estoy seguro. Empiezo a quedarme dormido y, en eso, suena el timbre. Mejor dicho, alguien se queda pegado al timbre todo el tiempo hasta que llego a la puerta y la abro. Son Petro y Lera.
AL UNÍSONO: ¡Feliz Navidad, veciiii!
YO: Eeeeh, feliz, sí, eeeh, ¿faltan diez días todavía, no?
PETRO: Sí, pero ya es tiempo de festejar, vecino.
LERA: ¡Eso, fiesta, fiesta, fiestaaaa!
PETRO: Fiesta y regalos, vecino. ¡Mire, Lera me regaló esa camioneta!
LERA: ¿Y a qué no sabe lo que le pedí yo a él de regalo, veci?
YO: No tengo idea…
AMBOS: Venga, venga, que arriba de la camioneta le contamos.

Milagro navideño.
Fuente: (Hotel KGB)
Entre los dos me arrastran y empujan hasta la camioneta, no sin cierto manoseo. Opongo una digna resistencia pero, por pudor, prefiero no gritar. Me suben de prepo al asiento de adelante, quedo sentado entre ambos. La 4x4 es una inmensa nave negra de vidrios polarizados, full confort, tope de gama y 0 km, por supuesto. Todavía estupefacto, descubro que estoy en patas y en calzoncillos… “Esperen, esperen, déjenme ponerme algo, miren como estoy”, imploro. “Estás bárbaro”, dice Lera y me guiña un ojo. Petro mete primera y salimos. Lera apoya su mano izquierda sobre mi muslo derecho. “¿Desayunaste, vecino?”. Con la mano derecha me pasa una taza térmica. "Tomate un café calentito", exige mi vecina. “Sí, sí, calentito”, dice Petro y apoya su mano derecha sobre mi muslo izquierdo. Azorado, trago el café que Lera lleva hasta mis labios. “Está muy amargo”, balbuceo. “Lo dulce viene ahora”, dice Lera y me vuelve a guiñar un ojo.
Mis vecinos tienen músculos hasta en los párpados. Cuando no están trabajando en el petróleo o comprando cosas, están en el gimnasio. O en la cama solar: todo el año están bronceados. Quizás por alardear de sus cuerpos torneados, desde que empiezan los primeros calores, andan todo el día en shorts y zapatillas. Por lo general, visten unas remeras sin mangas y muy abiertas por debajo de la axila. Todo de marca, todo nuevo, todo vistoso. Por no decir lujoso.

Café caliente.
Fuente: (Laboratorios Pfizer)
LERA: ¿Tomaste todo el café?
YO: Sí, muchas gracias.
PETRO: No, gracias a vos.
LERA: ¿Te cuento qué regalito le pedí a mi marido?
YO: Y… bueno…
LERA: Decile vos, Petro.
PETRO: Vos.
LERA: No, vos.
PETRO: Vos.
LERA: Bueno los dos.
PETRO: Dale, los dos.
AMBOS: ¡¡¡Un trío!!!
Petrificado, advierto que estamos ingresando a un hotel alojamiento.
YO: Esperen, esperen, por favor, yo… yo… ¡Soy imponente!
LERA: Síííí, gordi, sos imponente.
YO: No, no, impotente, impotente… no... no me funciona.
LERA: Tranquilo, te va a funcionar. Y si no, para qué está mi marido.
PETRO: Además, el café tenía una ayudita.
LERA: Sííííí, una ayudita azul. Bah, 6 ayuditas, de 100 miligramos.
PETRO: Jajaja, gordo, vas a estar hecho una máquina. ¡Una máquina!

Fin de fiesta.
Fuente: (AUTOR)
Ahora estoy rodeado de máquinas. De la unidad coronaria del Hospital Castro Rendón. Petro y Lera me dejaron en la guardia y se fueron con un camillero y una residente. Parece que al final la fiesta es con cuarteto. Plegándome a la celebración, yo estoy como la mona (pero Jiménez).