Minuto Neuquen

ABUSO SEXUAL ECLESIÁSTICO

El modelo Croxatto: haz lo que digo, no lo que hago

El obispo de Neuquén aboga por una transparencia que no practica.

Jorge Gorostiza
Jorge Gorostiza
Fernando Croxatto. Fuente: (Fuente)
Fernando Croxatto. Fuente: (Fuente)

Llegamos a Reyes y todavía no abrimos algunos regalitos de Navidad, como el que nos ofrendara oportunamente nuestro buen pastor, Fernando Croxatto. El pasado 25, sin ruborizarse, el señor obispo reflexionó, en estos términos, sobre el caso Gloria Argentina Ruiz: "No sabemos el trasfondo. ¿Quién puede tirar la primera piedra? Ayudémonos a ser transparentes entre todos". Gran idea: empiece usted, monseñor. ¿Cómo es que organizó, con un gasto de 32 millones de pesos, una festichola mística en el Ruca Che? Millones de pesos de los contribuyentes, millones de pesos que, graciosamente, le llovieron del cielo gracias a la proverbial generosidad cristiana de la compañera de fórmula de Rolando Figueroa.

Vamos, Fernando, adelante, cuéntenos con detalle. ¿Cómo es que avaló, por no decir ideó, la presentación de la manosanta Leda Bergonzi, desautorizada por la diócesis de Rosario y denunciada por estafa por su propio productor? ¿Con quién consultó para tomar tan sabia y prudente decisión? ¿O es solamente responsabilidad suya? ¿Cómo es que en la farra de sanación se patinaron 12 millones en luces y sonido para el show? ¿Cómo es, monseñor, que en ese revoleo de millones, unos diez fueron a parar a las cuentas de su obispado? ¿Qué comunicó, qué transparentó usted, señor obispo, sobre todo esto frente a los sacerdotes, religiosas y fieles de su diócesis? ¿Qué otros espectáculos milagreros tiene en agenda? Lo escuchamos con atención, Croxatto, cuente lo que sabe y calla. De paso, instruya a su encargada de prensa para que conteste quién es responsable por la contabilidad de su jurisdicción.

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Leda Bergonzi, el vicio caro de monseñor.

Como si usted, monseñor, no tuviera vela en el entierro, nos explica así el caso Ruiz: "Nos ha llamado la atención, ha sido un sacudón que nos plantea cómo encontrar un camino de diálogo, de transparencia entre todos para no llegar a estas instancias". Sí, Croxatto, ha sido un formidable llamado de atención, eso es muy cierto. Faltaría ahora poner en práctica lo del diálogo y la transparencia, ¿no? Empezando por usted. Si prefiere que no volvamos sobre su pasado reciente y carismático junto a la fenomenal Bergonzi, háblenos, por favor, de su juventud, aquellos buenos tiempos de ministerio sacerdotal en Chaco, al abrigo del pedófilo Abelardo Silva.

Sí, sí, Monseñor Abelardo Silva, por entonces obispo de la diócesis de San Roque. Usted lo conocía muy bien ya desde los años de la parroquia San Rafael Arcángel, en Villa Devoto. Allí, usted lo sabe bien, Silva abusaba sexualmente de al menos cinco niños de la Acción Católica Argentina (ACA). Usted recuerda perfectamente, imposible olvidar algo así, lo que contaron dos de aquellos, el Bicho y el Flaco, muertos tan tempranamente: que Abelardo Silva los había penetrado analmente innumerables veces. Usted era por entonces un joven dirigente católico; quizás no supo, no quiso, o no pudo ver el vejamen que sufrían sus compañeros de la ACA. ¿Pero después, Fernando? ¿Qué pasó después? ¿Cómo es que ya siendo sacerdote usted se puso a las órdenes de semejante monstruo? ¿Tampoco vio nada? ¿Tampoco escuchó? Supongamos que así fue y por eso nada dijo. Pero entonces: ¿Por qué calla ahora?

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Abelardo Silva, depredador sexual.

Por cierto, aquellos años junto a Silva sumaron puntos extra en su propia carrera al episcopado. Vamos, es usted inteligente y ambicioso; sabía que estaba haciendo méritos para ello. La pregunta es: ¿A qué costo? ¿Cuánto se envileció usted al mirar para otro lado? ¿Cómo es que después, ya consagrado obispo, desoyó la denuncia de Gabriel C, quien le narró los abusos de su mentor, Silva? Porque usted es discípulo de Silva, monseñor Croxatto. Se lo confió al propio Gabriel C. Todo está documentado: causa denuncia Canónica Protocolo 142/2017-59513, Congregación para la Doctrina de la Fe, Cardenal Prefecto Gerhard Ludwin Muller Piazza del S. Uffizio, 11 - 00193 ROMA. Vamos, usted conoce perfectamente los hechos, monseñor, porque Gabriel C acudió a usted en confianza. Usted sabe que Silva empezó a violarlo a los 9 años, a la vez que se hacía “amigo de la familia” de Gabriel C. Abusaba de él entre semana y los domingos aparecía a la hora del almuerzo en su casa. Porque eso tienen los pederastas clericales, esa perversión, esa capacidad de camuflarse y parecer buena gente. Tanto que una calle de Presidente Roque Sáenz Peña y una fundación en la diócesis de San Miguel llevan el nombre de Abelardo Silva. ¿Sueña usted con una avenida bautizada en su honor, Croxatto? ¿Acaso un pasaje, una cortada?

Todavía está a tiempo, monseñor. Todavía puede ser bien recordado. Aún está a tiempo de reparar el insondable daño sufrido por quienes sobrevivieron a Silva, como Gabriel C. Si en verdad se lo propusiera, Fernando, usted podría moverse para que se le haga justicia a ellos. Así como se movió para armar el espectáculo de Bergonzi en el Ruca Che. Con esa misma audacia, habilidad e inteligencia para conseguir dinero. En vez de bloquear a Gabriel C de las redes de la diócesis, póngase en marcha para hacerle justicia. A él y a centenares como él. Porque, hasta el día de hoy, usted forma parte del mecanismo de la impunidad, juega en ese bando. Si lo ponemos en términos cristianos, usted peca por omisión: pudiendo hacer el bien, no actúa. Pero, a decir verdad, poco importa si se trata de un pecado y cuál; hablamos de delitos gravísimos y particularmente perversos, pues a la desproporción de poder se le suma la supuesta autoridad moral del abusador. Algo sencillamente destructivo para el alma de cualquier niño o niña.

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Escuela Kamloops, Canadá, escenario de crímenes contra cientos de niñas y niños.

Usted sabe perfectamente que, hace ya cinco años, Jorge Bergoglio ha instruido a las 114 conferencias episcopales que hay en el mundo para que implementen un protocolo de acción frente a casos de abuso sexual eclesiástico. En teoría, Roma ordenó a las diócesis contar, para junio de 2020, con un sistema accesible al público para recibir informes de abusos. Incluso de los casos de encubrimientos anteriores, como el  de su mentor, Abelardo Silva. En teoría, los tiempos han cambiado. Tanto, que según asegura el equipo de prensa de la Conferencia Episcopal Argentina (CEA), cada diócesis debe implementar desde su propio portal en Internet un acceso al protocolo de denuncia. En la página de la diócesis de Neuquén, si es que existe, tal acceso resulta inhallable a primera vista. A segunda y tercera, también.

Al día de hoy, en nuestro país hay al menos 116 casos de abuso sexual eclesiástico. La cifra surge de investigaciones independientes, ya que, créase o no, la Iglesia católica argentina no lleva registro de los pedófilos que revisten en sus filas. No hay una base de datos unificada, ya no digo de nombres, sino siquiera de número de sacerdotes, frailes y monjas involucrados en casos de abuso sexual. Cada diócesis, cada obispo, cada superior de una congregación, maneja el tema como mejor le parece. Y casi siempre le parece que, “por el bien de la Iglesia”, lo mejor es no hacer olas. El bien de quienes sobrevivieron al abuso, eso no cuenta. Hablo, por ejemplo, del Tano, que un domingo por la mañana se descompuso: se hizo pis encima delante de todos mientras oficiaba de monaguillo, y se desmayó. La noche anterior se había quedado a dormir con el “cura” Abelardo Silva… Se dijo entonces que el Tano tenía problemas neurológicos, y el asunto se archivó sin más trámite, para variar. Es costumbre de los obispos argentinos (usted es uno de ellos) desentenderse de estos infiernos.

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Manuel Pascual (alias, El Santito): el sacerdote que abusaba de las monjas y luego las confesaba.

Sé bien de lo que hablo: Oscar Portillo, “guía espiritual” en mi primera juventud, y Manuel Pascual, director en mi primer año del seminario diocesano de Buenos Aires, están presos por delitos aberrantes. Portillo fue condenado por abusar durante años de un seminarista en el monasterio del Cristo Orante, en Mendoza. Pascual cumple prisión por abusar de media docena de monjas de las cuales era su confesor. La actuación de Marcelo Colombo, arzobispo de Mendoza en el caso de Portillo, como la de Mario Poli, arzobispo de Buenos Aires, en el caso de Pascual, tienen mucho en común: silenciar, dilatar, olvidar. Nada de reparar.

Es tiempo de reparar, Fernando, es la hora. Si no se anima o no sabe cómo, tome ejemplo de la iglesia católica de Francia, la cual encargó una investigación independiente sobre la cuestión: al menos 216.000 personas abusadas por sus sacerdotes, obispos, religiosos y catequistas. Vamos, Croxatto, promueva usted una investigación en Argentina. Hágalo antes de que la inicien las autoridades civiles, como fue el caso en Irlanda, donde recibieron 2.400 denuncias sobre delitos de abuso sexual cometidos en 308 instituciones católicas de aquel país. Piense, si no, en los 150.000 niños indígenas víctimas de crímenes cometidos en internados católicos canadienses. Cuando ya la verdad resultó inocultable, el propio Bergoglio debió pedir disculpas, al tiempo que la conferencia episcopal canadiense vendió decenas de propiedades para indemnizar a las familias de las víctimas. Alemania, Australia, Chile, Francia, Irlanda, México y EEUU ya han reconocido también los delitos cometidos por su clero y han reparado económicamente a quienes los sufrieron.

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Bergoglio con Mario Poli, turbio protector de Manuel Pascual.

Por eso digo, monseñor, tome coraje y avance: es la hora. Cuente lo que sabe sobre Abelardo Silva y demás pedófilos de sotana. Según los propios lineamientos vaticanos, en casos de abuso sexual eclesiástico, el encubrimiento se equipara al abuso. ¿Qué está esperando, entonces, la Iglesia Católica Argentina para esclarecer y reparar lo que sistemáticamente ha pretendido ocultar? Ya que promueve usted el diálogo y la transparencia: ¿Qué tal si escucha a los centenares de sobrevivientes de abuso sexual eclesiástico que aún reclaman reparación en nuestro país? ¿Qué están esperando usted y los demás obispos para levantar el velo de silencio impune y desagraviar a quienes su religión destruyó en vida?

Usted sabe perfectamente, Fernando, que de no actuar ahora, otros cientos de infancias serán destruidas por los pederastas presentes y por venir. A esta altura del partido, nadie puede entender el abuso sexual eclesiástico como una simple yuxtaposición de casos aislados. Es, tristemente, una arraigada cultura institucional. Además de convocar al diálogo y la transparencia, ¿cuándo hará usted algo para desterrar esa plaga? En los tres evangelios más antiguos (Marcos, Mateo y Lucas) hay una misma y terrible advertencia de Jesús ante sus apóstoles: “Ay de quien escandalice a un niño. Mejor sería que le cuelguen al cuello una piedra de molino y lo arrojen al mar”. Lamentablemente, no hay suficientes piedras. De todos modos, Croxatto, fíjese si alguna no lleva ya su nombre.