¿Te pasa que, aunque cenes, no podés resistirte a los dulces o a algún snack a la noche? No es cuestión de falta de fuerza de voluntad: los antojos nocturnos suelen ser un reflejo de cómo alimentaste tu cuerpo durante el día.
Uno de los factores más comunes es saltarse comidas. Omitir el desayuno o el almuerzo puede parecer inofensivo, pero hace que tu cuerpo llegue con hambre acumulada a la noche. “Si no comés durante el día, tu cuerpo va a reclamar energía, y eso suele traducirse en antojos por carbohidratos y dulces”, explica Kaytee Hadley, nutricionista de medicina funcional.

Evitar los carbohidratos no es la mejor opción.
Además, los cambios bruscos de azúcar en sangre aumentan las hormonas del estrés, haciendo que el apetito se descontrole. Por eso, comer cada 3 o 4 horas ayuda a mantener los niveles de energía estables y reduce los antojos y la necesidad de compensar por la noche, asegura Samantha Peterson, también especialista en nutrición funcional.
Otro error frecuente es evitar los carbohidratos. Muchos creen que los almidones engordan y los excluyen de la dieta, pero los carbohidratos complejos, como el arroz, la avena, la quinoa o las papas, aportan fibra y se digieren lentamente, ayudando a sentir saciedad durante más tiempo. Incluirlos en tus comidas principales puede marcar la diferencia a la hora de llegar a la noche sin antojos.

Saltear comidas es uno de los principales factores.
Por último, no se trata solo de cantidad, sino de equilibrio de nutrientes. Un plato puede parecer abundante, pero si no combina proteína, fibra y grasas saludables, tu cuerpo seguirá pidiendo más. “La proteína estabiliza las hormonas del hambre, la fibra ralentiza la digestión y las grasas saludables prolongan la sensación de saciedad”, explica Peterson.

Planificar tu alimentación siempre será clave.
La idea es armar tus comidas pensando en estos tres componentes: una porción de proteína del tamaño de la palma de la mano, un puño de carbohidratos y verduras o frutas coloridas, y una o dos porciones pequeñas de grasa saludable. Así tu cuerpo recibe energía lenta y sostenida, evitando que el hambre aparezca de golpe cuando ya es hora de dormir.
En definitiva, si los antojos nocturnos te persiguen, vale la pena mirar tu día: ¿saltaste comidas, eliminaste los carbohidratos o tu plato no estaba equilibrado? Pequeños ajustes pueden ser suficientes para reducirlos y, de paso, sentirte con más energía y menos ansiedad.